LAS INUNDACIONES

Óptica Ciudadana

José Luís Hernández Jiménez

hernandez-jimenez2012@hotmail.com

Los medios de comunicación hacen escándalos por los efectos de las lluvias de esta temporada, en particular, en la Ciudad de México. Con el afán de “dar la nota”, para obtener más ganancias, en lugar de aprovechar para concientizar sobre los efectos de ese fenómeno natural, desinforman a la población. Y ni una solución dan.

Para variar, algunos le echan la culpa a Peña Nieto (“todo yo, todo yo”). Otros hacen responsable al tal Mancera. Los más cuerdos, aunque en broma, culpan al dios Tláloc por tanta lluvia. Lo cierto es que todos tenemos algo de responsabilidad en los efectos sociales, de los encharcamientos y las inundaciones, por dejar basura, por…

Y es que las imágenes que trasmiten o publican, son para espantar a cualquiera: grandes cascadas en zonas residenciales, ríos desbordados en amplias avenidas, hondos encharcamientos en inmuebles y en estaciones del Metro, vehículos automotores cubiertos por el agua, gente desesperada corriendo por doquier, árboles caídos, viviendas inundadas, tráfico de algo que semejan lanchas… Aunque solamente en algunas zonas de la gran ciudad, pues ésta es inmensa.

Cada año es lo mismo. O quizás empeore de repente. Ello desde hace mucho tiempo. Además, con todas nuestras condolencias para los afectados directamente, he de recordar que inundaciones verdaderas no se dan desde hace al menos 66 años. Sí, la última gran inundación en la capital ocurrió en 1951, un 15 de julio.

Luego de que lloviera durante 20 horas seguidas, el Gran Canal, construido durante la Presidencia de Porfirio Díaz, quedó inutilizado. Los ríos Consulado y San Joaquín, se desbordaron, lo que ocasionó que el Sanatorio Español quedara bajo el agua. Un tercio de la Ciudad de México fue afectada y la mitad de sus habitantes pasó las de Caín. Suerte que solo había en ese entonces 3 millones de chilangos.

Pero lo peor fue que bajo el agua quedó prácticamente todo el centro de la ciudad: Desde la Candelaria de los Patos y San Lázaro hasta la colonia Condesa; Desde las colonias Peralvillo, Guerrero, Tránsito, Obrera, Doctores, Portales, San Pedro de los Pinos… ¡Diez días se tardaron en desalojar el agua anegada!

Le echaron la culpa a la Refinería de Azcapotzalco, a las estaciones de los trenes, a… Ahí fue cuando se les ocurrió construir el Drenaje Profundo, mismo que, con el tiempo, fue insuficiente. Aún hoy siguen ampliando el Gran Canal, el Drenaje Profundo, el Emisor Oriente, el Emisor Poniente, el… y todos los ríos fueron entubados.

Esa ha sido la última gran inundación en la capital del país. Pero antes hubo otras peores, claro, para sus habitantes.

Son célebres las inundaciones ocurridas durante el virreinato. En 1555, fue tanta la lluvia que cayó, que se tuvo que construir el albarradón de San Lázaro “para evitar inundaciones”. En 1604, con otra inundación, se cayó el tal albarradón de tanta agua que se acumuló. En 1607 la lluvia ocasionó que se desbordara el gran río de Azcapotzalco y entonces se construyó el Tajo de Nochistengo, un túnel de casi 7 kilómetros de largo, cuatro de alto y tres de ancho, “para evitar inundaciones”.

Pero en 1629, septiembre 12, ocurrió el diluvio, “el Diluvio de San Mateo”. Llovió durante casi dos días, ¡cuarenta horas sin parar! ¡El tal Tajo de Nochistengo se cuarteó de inmediato y luego se derrumbó! ¡El agua subió dos metros en toda la ciudad!

Tuvieron que improvisar puentes de madera para pasar de un edificio a otro. La planta baja de todas las construcciones quedó bajo el agua. El traslado de personas de un sitio a otro volvió a ser a la antigüita, es decir, en canoas.

El Virrey de la época (hoy 32 Virreyes, uno por entidad federativa, aunque pomposamente les denominamos Gobernadores), don Rodrigo Pacheco y Osorio, Tercer Marqués de Cerralbó, pidió prestados a la Corona Española, o sea al Rey, a cargo del presupuesto público claro, algo así como 6 mil pesotes de aquellos, para dar de comer a toda la población de la gran ciudad, pues no se podía ni trabajar.

La Iglesia católica de entonces se puso abusada (¡cuándo no!) y explicó que el tal diluvio era castigo de dios a consecuencia de que los habitantes de la hoy Ciudad de México eran una bola de pecadores. Y ordenó que se oficiaran misas en todas las azoteas. Pues ni así. La famosa inundación tardó en dejar de serlo, ¡cinco años! ¡Tardaron cinco añotes —de septiembre de 1629 a 1634— sacando el agua como se podía! Hoy diríamos que “a cubetadas”.

Se propuso trasladar la Ciudad a otro lugar del territorio nacional. Pero el Ayuntamiento desechó la idea por incosteable. Saldría más caro el caldo que las albóndigas. ¡Ah, nuestros gobernantes de siempre! Entonces optaron por construir el Gran Canal del desagüe a Huehuetoca, “para evitar ¡inundaciones”. Dicen las crónicas de entonces que de las 20 mil familias españolas que había antes del diluvio, la mayoría se fue. Solo quedaron unas 400. Los amolados fueron los indios, como siempre.

El origen del problema ocurre desde la fundación de Tenochtitlán, en 1325, un 18 de julio (hace 692 años), fue construida en el mero fondo de una cuenca, cuya superficie estaba casi en su totalidad cubierta de agua. Le llamaban el Valle de “Anáhuac” (“en el agua”), misma que hoy conocemos como la Cuenca del Valle de México. Cuando llegaron los Mexicas o Aztecas se instalaron en un islote rodeado de agua (porque ahí hallaron el águila devorando una serpiente). Era lo que luego se conoció como los lagos de Texcoco (principalmente), Chalco, Xochimilco, Zumpango. Casi todo lo que estaba a la vista era agua. O sea, este lugar siempre ha sido, el lugar del agua.

Los Mexicas supieron adaptarse al agua. Construyeron su gran ciudad, la Gran Tenochtitlán, en el agua. Fue una ciudad lacustre. Hicieron acueductos, canales y chinampas. Así evitaban las inundaciones, se abastecían de agua y se alimentaban.

Pero llegaron los españoles, luego los criollos, luego los independientes, luego los juaristas, luego los porfiristas, luego los revolucionarios, luego los priistas, luego los izquierdistas, luego…los desarrolladores inmobiliarios, con todo y sus rascacielos.

A propósito, en la CdMx existen 190 rascacielos (edificios de cien metros de alto o más). En 1956 había uno, la Torre Latinoamericana, con 44 pisos y 204 metros de alto, con todo y su pararrayos. Hoy se acaba de anunciar el reinicio de la obra llamada Torre Mitika, que tendrá 260 metros de altura y 62 pisos. También se anuncia que pronto se construirá otra, la Torre Colón, de 309 metros de altura y 66 pisos.

¿Más modernidad? No necesariamente. Los rascacielos agravan los problemas de la ciudad, pues ésta se hunde más y provoca que una zona de la urbe padezca la falta de agua potable entubada, porque construyen altos edificios en la zona poniente, que es por donde llega el agua desde el río Cutzamala. ¿Por qué no construir rascacielos en la zona oriente? Porque de ese lado de la CdMx, no hay agua suficiente. En fin.

Entonces no tenemos por que sorprendernos de las inundaciones y los grandes encharcamientos en esta temporada de lluvias. La “propietaria” real de la superficie de la CdMx es el agua. Esta batalla contra la naturaleza, iniciada por los aztecas e impulsada irracionalmente por las sucesivas autoridades, no la podemos ganar. El agua siempre va a reclamar su lugar.

Así que, en lugar de combatirla hay que adaptarnos a la naturaleza. En este caso, al agua. Quizá como lo hicieron los mexicas, o sea, construyendo una ciudad lacustre. En entregas anteriores he sugerido la manera de hacerlo, pero… Además, sería una forma de empezar a recuperar lagos y ríos del país, hoy devastados por eso que llaman “progreso”. A menos que nos mudemos de ciudad (o debían ver los aguaceros de la Selva Lacandona, esos sí que inundan).

O ustedes ¿qué opinan, estimados cuatro o cinco lectores?

Notitas: Una.- Que en Venezuela ya suman 86 las personas asesinadas recién, por las fuerzas del orden de su gobierno. Y en México, más de 40 personas asesinadas por grupos del crimen organizado, en un solo fin de semana. ¿Es competencia o que? Dos.- Que más que un Frente Opositor para derrocar al PRI, que ya se ha convertido en un Partido más, lo que hace falta es construir un Frente Común para derrotar al priísmo, es decir, al clientelismo, al corporativismo, al nepotismo, al caudillismo, al patrimonialismo, al influyentismo, a la corrupción, a la injusta distribución de la riqueza, fenómenos que son fomentados desde todos los partidos con registro electoral. Tres.- Que se cumplen 80 años de la desaparición de Amelia Earhart, la primera mujer piloto aviador, la primera en cruzar en avión el territorio de los EU, la primera en atravesar en avión el Océano Atlántico, la primera mujer en intentar darle la vuelta al planeta, en su avión. Casi lo logra pues, el 2 de julio de 1937, ya enfilada de vuela a los EU, por el Océano Pacífico, su nave se perdió en una isla llamada Houland, cerca de Nueva Guinea. Cuatro.- Que se invita a la conferencia “Por México Hoy, ¿qué es?”, a cargo del Licenciado en Economía Saúl Escobar Toledo. Se llevará al cabo el martes 11 de julio, en la sede de “Por el Cambio con Dignidad, AC”, sita en Concepción Beistegui 107, colonia Del Valle, CdMx (cerca de Insurgentes Sur y del Poliforum), a las 19 horas. Cinco.- Que se agradece a los vecinos de San Simón, en Culhuacán (Iztapalapa, CdMx), que en la programación de su evento anual, este 2 de julio, hayan incluido la Presentación —la número 42— de mi libro “Cuando correteábamos utopías”. Seis.- Que se sugiere leer “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo y “La Visión de los Vencidos” de Miguel León Portilla. Son textos complementarios de un suceso que a todos los mexicanos atañe. Siete.- Que sigo de terco: hay que hacer ejercicio diario. Así nos ahorraremos pago a médicos, enfermeros, medicinas, hospitales…He dicho de nuevo.

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