DON MIGUEL (*)

Óptica Ciudadana

Por José Luís Hernández Jiménez

hernandez-jimenez2012@hotmail.com

En solidaridad con Héctor de Mauleón

Cito:

“Saliendo del aeropuerto de La Habana, me sorprendió ver a un personaje que se me hizo conocido. Ese hombre alto, fornido, moreno, madurón, con cabello cano, se dirigió hacia mí: ‘¡Hola, cómo está!’. Por mero compromiso contesté, ‘Bien y Usted’. Pero no lograba recordar en dónde lo había visto. Quizá notó mi extrañeza pues aclaró: ‘Soy Miguel, Miguel Priego, nos vimos allá, en Plenitud, ¿no me recuerda?‘ ¿En Plenitud, repetí azorado?

“’Plenitud’ es el nombre de una cooperativa de vivienda, tipo fraccionamiento, ubicada en Iztapalapa, DF. ¿Qué tiene que ver con este personaje por acá?, me pregunté. Como si leyera mi pensamiento, don Miguel agregó: ‘Es que trabajé allá, como vigilante’. ‘Y qué hace un vigilante de allá, acá?’, le devolví la pregunta. ‘Es que acá tengo mi casa señor, este es mi otro país’, dijo imperativo.

“El caso es que, en esa ocasión, mi cuarta visita a Cuba, a fines de septiembre de 1997, invitado a un Congreso Sindical, al que, por cierto, por error de quien me enviaba, apenas llegué a la clausura, por lo que mi visita se convirtió en una estancia turística, tuve oportunidad de conocer a un a un mexicano cubano singular, don Miguel Ángel Priego, nacido en 1930, en Tulancingo, Hidalgo, México, y premiado con la nacionalidad cubana, por el gobierno de Fidel Castro.

“Durante nuestras largas caminatas por la capital cubana con don Miguel, me enteré de que su afición por el cine de cuando niño, lo convirtió en una especie de Jack London de los pobres.

“En una ocasión, en su niñez, luego de ver otra película de aventuras, en lugar de volver a su casa, subió a un autobús, “de mosca”. Se bajó hasta que el transporte llegó a la capital mexicana. Ahí trabajó de todo lo que pudo para sostenerse económicamente. En una de esas abordó otro autobús y fue a parar a Acapulco. El mar lo asombró. En las playas de puerto aprendió a “mover el ombligo”, a vender de todo, a guiar turistas, a nadar como pez y a echarse clavados tan bien que pronto se convirtió en clavadista en la era Quebrada.

“Pasó el tiempo. Un día se cansó de todo lo que hacía. Entonces optó, por subirse a un barco, a escondidas. Cuando descubrieron al joven, tuvo que hacerla, otra vez, de todo. Su consuelo es que así recorrió los puertos de todo el Continente Americano, hacia el sur, dando vuelta en el Estrecho de Magallanes, y de ahí hacia el norte. Por esa vía llegó a Puerto Rico. Decidió quedarse en la “borinquen querida”. Se volvió pescador. Luego buceador. Después fue tiburonero. Cuando la autoridad se dio cuenta que carecía de documentos personales, le obligaron a dejar dicho país.

“En otro barco arribó a Cuba, al mero puerto de La Habana. Como tenía fama de saber pescar tiburones y se había forjado un cuerpo atlético, para ganarse la vida se convirtió en luchador profesional. “El Tiburón” era su apelativo. Ahí pudo quedarse porque “las cosas estaban medio revueltas. Los barbudos de Fidel acababan de tomar el poder político. Y… ¡don Miguel acabó uniéndose a la Revolución! Todavía guarda y muestra con orgullo, sus condecoraciones, sus ‘corcholatas’, le digo, como Héroe de la Revolución Cubana. Cuando se estabilizaron las cosas, fue nombrado Jefe de la Policía de El Vedado, un popular barrio de la capital cubana.

“Y ahí hizo su vida de adulto consolidado. Ahí se casó, tuvo hijos y de vez en cuando regresa a México. Hoy prácticamente vive medio año allá y medio acá.

“Venera a Fidel Castro. Por eso hasta pelea con sus hijos que ya también viven en México.

“También venera, faltaba más, a la Revolución Cubana, no obstante, aquella realidad lo ‘cachetea’ de vez en cuando. Aquel septiembre de 1997, caminábamos por La Habana. Presumía de las bondades logradas por Fidel. Me advertía que no hiciera caso de las decenas de personas que me salían al paso, pues como que olían que yo era mexicano auténtico, ofreciéndome Ron, dólares, Coca-Cola, Puros Habanos, mujeres, etc., cuando, molesto con ellos, se enfrentó a uno diciéndole: ‘¿Qué quieres, ron Habanos, dólares? ¡Yo también tengo, así que déjanos en paz!’. El hombre aquel hizo una seña a otros y dirigiéndose a don Miguel le espetó: ¡Ah si, a pesar de que eres un viejo andas en esto, pues vamos, quedas detenido, te vas a la cárcel ahora mismo!’. De nada sirvieron sus explicaciones ni mi intento de hablar en su favor explicándoles que él solo estaba bromeando. Se lo llevaron y lo encerraron. Luego de algunas horas esperando en los pasillos de aquello, que debió ser algo así como un Ministerio Público, don Miguel salió. Apenado conmigo nada dijo en el trayecto rumbo a mi hotel. Ahí me dejó y se fue.

“Dos días después se me apareció y pudo desquitarse de mis bromas a propósito del incidente aquel.

“Luego de caminar no sé cuántos kilómetros, me llevó a conocer a una física nuclear. Una señora joven, sencilla. Ella, de extracción modesta, era un logro de la Revolución, pero no tenía empleo. Al estar platicando, a la puerta asomó un chiquillo, su hijo. Luego apareció otro niño y otro y muchos más, amiguitos del infante. Y empezaron a gritar ‘¡el Ché, el Ché, el Ché!’, mirándome. Si, dijo don Miguel, por tu forma de vestir, tu peinado, con barba crecida, todo mugroso y sudoroso (de tanto caminar por una ciudad en la que escasea el transporte), creen que eres el Ché’. Así se desquitó don Miguel. Yo le había dicho que el Ché Guevara, a mí no me era simpático”.

Hasta aquí la cita (*) de uno de los relatos contenidos en mi libro “Cuando correteábamos utopías”. Lo traigo a colación –para compartirlo con mis cuatro o cinco lectores- porque me avisan que don Miguel Priego, “mi Jack London de los pobres”, falleció el pasado 12 de agosto, a los 84 años de edad, de cáncer pulmonar, allá en su querida Habana. Ni modo. Un día le daré alcance y ya me platicará otras de sus aventuras. Abrazo fraternal a sus cuatro hijos, y demás familiares y amistades.

Notitas: Una.- Que el fallecimiento comentado, fue el cuarto, con pocos días de diferencia, de puros cuates: Marcelino Perelló, Jaime Avilés y Eduardo Del Río, Rius. Ya que. A este último intentaremos hacerle pronto un sencillo homenaje. Dos.- Que ojalá todos condenáramos el terrorismo y toda forma de violencia ¿Va? Tres.- Que nunca se había aprobado dar tanto dinero a los Partidos Políticos con registro electoral. Casi ¡siete mil millones de pesos para las elecciones federales y cinco mil para las locales! Habría que luchar para recortárselos cuanto antes…. el dinero. Cuatro.- Que muchos comentaristas dan por hecho que ya hay ganadores para las elecciones federales y de la CdMx, del año que viene. ¿Será? Cinco.- Que 26 millones de infantes iniciaron clases este 21 de agosto. Si hubiera una educación de calidad, ellos serían los seguros salvadores del país. Seis.- Que hay que hacer ejercicio diario y sembrar un árbol cada año, solo para vivir mejor. Siete.- Que se sugiere leer “Mi gobierno será detestado”, de don José Manuel Villalpando, y “Cortés, el hombre”, de don José Fuentes Mares, dos obras para comprender un poco más, el por qué estamos como estamos. ¿Va?

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